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Editorial
 
 
Recordando al Dr. Norberto Centeno en el XXXº aniversario de la Ley de Contrato de Trabajo

por Beatriz Fontana


La Ley de Contrato de Trabajo fue promulgada hace treinta años, cuando ya había tenido lugar la primera crisis de precios del petróleo, que llegó en 1973 como una advertencia de que la Edad de Oro estaba llegando a su fin.

Según lo afirmó en su momento el propio Norberto Centeno, esa ley es una obra de sistematización, en tanto tomó los aportes de una calificada doctrina nacional, los precedentes de la jurisprudencia, los antecedentes de legislación y doctrina extranjeras, y los convenios y recomendaciones de organismos internacionales.

A su vez, esos antecedentes doctrinarios, legales y jurisprudenciales se habían forjado a partir de la Segunda Post Guerra, cuando merced al Plan Marshall se exportaba a la Vieja Europa, entre otras cosas, el New Deal o Estado de Bienestar.

Es decir entonces que la Ley de Contrato de Trabajo fue pensada para una empresa de tipo vertical e integrada, que contenía dentro de sí todas las actividades -principales o secundarias-; para un trabajador preferentemente masculino, que se desempeñaba en jornada completa y posiblemente dentro de la misma empresa hasta el momento de su jubilación o retiro; en contextos de pleno empleo y de salarios adecuados, por cuanto el trabajador, además de ser un costo de la producción, era también un potencial consumidor; con Estados Naciones con plena soberanía y capacidad de decisión sobre sus políticas económicas; con empresas instaladas en el territorio para producir con destino al mercado interno, y un Estado de Bienestar basado en la posibilidad de redistribuir riqueza en base al deficit fiscal.

Nadie sospechaba en septiembre de 1974 que estábamos a punto de ser espectadores y protagonistas de un cambio que Romagnoli no ha dudado en calificar de "epocal", comparable con el que implicó el tránsito de la antigua economía de supervivencia del artesano, al sistema de producción industrial basado en la fábrica como unidad de producción y en la acumulación de excedentes para la consolidación del capital.

Tampoco nadie podía advertirnos que el cambio que se avecinaba iba a ser tan vertiginoso, de modo tal que en escasos diez o veinte años ya no quedaría en pie ninguno de los pilares en los que se asentaba el mundo del trabajo que pretendió regular la Ley 20.744.

En efecto, ya antes de ingresar en el Siglo XXI podíamos constatar que la alianza tácita entre el capital y el trabajo en la que se había sustentado el Estado de Bienestar, se había quebrado indefectiblemente; que el pleno empleo se tornaba una ilusión aún en las economías más dinámicas; que el modo de producción dejaba de denominarse "taylorista-fordista" para pasar a ser "toyotista"; que ya no se deseaba que "los obreros vengan a trabajar en un auto de los que producimos", como solía decir Henry Ford; pero que ya tampoco se decía: "Pídanme un auto del color que quieran, mientras sea negro", frase paradigmática de la producción de bienes masivos de costo decreciente por la acumulación de stocks.

Esos cambios, y las posibilidades generadas por la utilización de las Nuevas Tecnologías, dieron como resultado empresas con pocos mandos intermedios, de organización "horizontal", impactando en la cantidad y tipo de categorías laborales, pero también en el perfil de trabajador requerido: ante la supresión de la diferencia entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, la calificación profesional se convirtió en un valor determinante.

Al mismo tiempo, y a la par de profecías apocalípticas, la realidad se encargaba de demostrar que la desocupación de larga duración era un escenario posible para cualquier persona, sin importar la edad, las cargas de familia o incluso la formación laboral o académica.

Las empresas adoptaron dimensiones mucho más reducidas, apelando a la contratación, subcontratación, tercerización, deslocalización, etc. de partes importantes de sus procesos productivos.

A todo ello, producto de la situación económica mundial, y específicamente de lo ocurrido en Argentina, -que implica sumar a lo ya dicho los efectos de la dictadura militar, que no solamente fue responsable de la desaparición física del Dr. Centeno, sino también del cercenamiento de su obra y del colapso del entramado productivo existente en el territorio nacional- asistimos a un proceso de incremento impensado de la tasa de desocupación, acompañado del crecimiento de la subocupación, y de la irrupción de una categoría nunca antes conocida entre nosotros: los que fueron denominados "nuevos pobres", categoría integrada por personas con empleo pero que con sus ingresos no lograban cubrir el equivalente de una canasta básica.

Frente a estos cambios profundos y vertiginosos, se intentaron todo tipo de teorías, desde que había que cambiar todas las instituciones que eran "del trabajo" por instituciones "del empleo", -como si para conseguir el empleo hubiera que aceptar cualquier condición de trabajo-; hasta quienes se abroquelaron en la resistencia más férrea, negándose a discutir ni a revisar ninguna de las instituciones contenidas en la Ley de Contrato de Trabajo y reclamando en cambio la plena vigencia de cada una de sus normas, como si la realidad no se hubiera modificado.

Cómo evaluar hoy, entonces, frente a estos nuevos escenarios y ante las pasiones que estos debates han desatado, el legado del Dr. Centeno contenido en la Ley de Contrato de Trabajo?

Tal vez una forma de abordar el tema pueda ser analizar el pensamiento del propio Norberto Centeno, para lo cuál resulta oportuno remitirse a un artículo que publicara en Legislación del Trabajo en 1974 titulado "Introducción a la Ley de Contrato de Trabajo".

En ese trabajo, afirmaba Centeno que la Ley desarrolla la idea del trabajo como valor esencial y original, y de una sociedad fundada en el trabajo.

Y posiblemente, algo que con mucho esfuerzo empieza a recuperarse en la sociedad argentina es el respeto por la cultura del trabajo, y la necesidad de contar con una producción y un desarrollo económico que nos permita ser parte de la economía mundial y ofrecer un futuro de dignidad a nuestros ciudadanos.

Continuaba diciendo Centeno en el trabajo mencionado, que la idea de justicia social es la que domina toda la estructura de la Ley.

Frente a las noticias que cotidianamente proporciona la política internacional y la información local, conmueve recordar con Centeno que la justicia social configura la máxima aspiración de los hombres y de los pueblos, "...porque también entre éstos se la deberá consagrar como garantía última de la paz, que no existe cuando los hombres explotan a los hombres, y unos pueblos explotan a otros pueblos".

Por último, afirmaba Centeno que la Ley no fue un producto de gabinete ni el resultado de combinaciones de fórmulas abstractas, sino que se tomaron en cuenta los datos de la realidad concreta, porque el Derecho del Trabajo es derecho de la realidad, sin que ello importe sellar un pacto con lo ya alcanzado. Por el contrario, citando a De La Cueva, afirmaba Centeno que el ordenamiento debería modificarse en la medida que lo exija el proceso creciente del progreso nacional, entendiendo que el Derecho del Trabajo no es un derecho transitorio, pero sí un derecho en evolución.

Sin perjuicio de otras que puedan señalarse, sin ninguna duda la Ley de Contrato de Trabajo cuenta entre sus fortalezas el estar basada en el trabajo como valor esencial; y la promoción de la justicia social como garantía última de la paz social. En lo que hace a la relación entre el derecho del trabajo y la realidad, tal vez ahí está el desafío que el Dr. Norberto Centeno nos ha dejado: continuar la tarea de llevar a cabo el perfeccionamiento y la adecuación de sus normas, atendiendo a las nuevas realidades, para que el trabajo como valor esencial, y la justicia social se conviertan en realidades efectivas de la vida cotidiana.

 

 
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