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Editorial
 
 
El trabajo y las mercancías

por Ricardo A. Guibourg


"El trabajo no es una mercancía". Este lema tiene ya ochenta años y presidió la creación y el funcionamiento de la Organización Internacional del Trabajo, así como el desarrollo de las leyes laborales en distintos países. Como todo lema, está destinado a concitar adhesión. Y, ciertamente, durante mucho tiempo el discurso público lo ha repetido como quien hace flamear una bandera. A veces, también los hechos avanzaron en el mismo sentido. Más tímidamente, con dificultades mucho mayores, desde luego; pero en esto no ocurrió nada diferente de lo que suele advertirse en la relación entre los principios y los hechos. Por las dudas, conviene que lo aclare: el lema mencionado cuenta también con mi adhesión, lo que a menudo me hace quedar como un dinosaurio en pleno período glacial.

Pero no es ésta la mejor oportunidad para discutir temas de política social, acerca de los cuales se alzan, en un sentido o en otro, voces más autorizadas que la mía. No pretendo aquí otra cosa que proponer cierta clarificación de los conceptos y avizorar algunos de los problemas que esa clarificación saque a la luz. Éste es uno de los aportes que la filosofía - práctica a la que soy afecto - puede hacer al debate jurídico y político, aun moviéndose por encima o por debajo de él.

¿A qué llamamos trabajo? El vocablo es muy amplio: hablamos del modo en que los materiales "trabajan" luego de ensamblados en un mueble, una máquina u otro artefacto y de la manera en que las rocas son trabajadas por la erosión. Estas acepciones se hallan, por cierto, fuera de la referencia pretendida por el lema en cuestión. Se trata allí del trabajo humano, de los esfuerzos realizados por el hombre.

O aun específicamente por la mujer. Hay un trabajo de parto, pero tampoco queremos decir eso. Apuntamos al esfuerzo realizado voluntariamente por los seres humanos en pos de un objetivo que no es biológico, sino generado por las relaciones sociales.

Sin embargo, hacemos allí un nuevo recorte. No hablamos de las tareas benévolas o puramente voluntarias, aunque su fin social sea noble, sino de aquéllas que se prestan a cambio de un salario. En otras palabras, nos referimos a las actividades que un ser humano presta a favor de otro o de otros, a cambio de una remuneración pactada. A partir de esta idea es posible introducir nuevas precisiones hasta caracterizar el complejo concepto de contrato de trabajo; pero no será necesario entrar aquí en tales disquisiciones adicionales.

Precisamente porque el trabajo del que hablamos es el que se presta por título oneroso, del modo en que se lleva a cabo el intercambio comercial, reaccionamos proclamando una diferencia. Convendrá, pues, que reflexionemos brevemente acerca del concepto de mercancía.

Una mercancía es, paradigmáticamente, una cosa mueble susceptible de ser comprada y vendida: el objeto potencial de una compraventa constituye el centro de significación de la palabra "mercancía". Pero la utilidad del concepto en el discurso cotidiano excede bastante esa definición de corte técnico. Para un agente de bienes raíces, los inmuebles son su mercancía; incluso cuando no trate de venderlos, sino sólo de alquilarlos. Como la oferta y la demanda se encontraban tradicionalmente en un lugar físico llamado mercado (donde los mercaderes mercaban sus mercancías cooperando entre sí mediante el co-mercio), el lenguaje ha evolucionado mediante extrapolaciones hacia el campo de lo abstracto: hoy se habla del mercado como de un espacio virtual en el que se comparan, modifican y generan decisiones de adquirir o de ceder onerosamente los más diversos derechos, desde la propiedad de cosas muebles, fungibles o no, hasta la medicina prepaga, los seguros de automotores, las acciones de sociedades anónimas o los títulos públicos. Hay un mercado financiero, así como un mercado de bienes y servicios. Un abogado o un médico pueden poner a sus prestaciones (es decir, a su trabajo en términos amplios) el precio que deseen; pero se encuentran limitados por las tendencias del mercado: si el precio propuesto es alto en relación con la cantidad o la calidad de los servicios ofrecidos, o - mejor dicho - con la imagen que de ellos se proyecte sobre el ánimo del interesado, la demanda puede ser insuficiente para que la actividad profesional sea rentable. Y, cuando la oferta se halla superpoblada, es bien posible que ningún precio sea adecuado para establecer una relación aceptable entre rentabilidad y demanda, con lo que el profesional termina - en el mejor de los casos - manejando un taxi o atendiendo un puesto de choripanes.

Aquí es donde se introduce un factor histórico y psicológico. Como dije antes, el paradigma de la mercancía, de lo que se compra y se vende, es una cosa. Su valor comercial puede ser grande o pequeño, pero se trata siempre de una cosa inerte. En un principio, el trabajo necesario para la producción era llevado a cabo por esclavos. Los esclavos eran también tratados como cosas, aunque para nada inertes. Era preciso ejercer una constante energía para capturarlos, domesticarlos y mantenerlos sujetos. Y un medio de reducir el costo de esa energía fue elaborar discriminaciones culturales que explicaran convenientemente la esclavitud en términos de diferencias sociales o étnicas permanentes antes que en el ejercicio liso y llano de un poder arbitrario. Tales discriminaciones, que operaban tanto sobre los amos como sobre los esclavos, los siervos o los plebeyos para confirmar y perpetuar la relación de fuerzas, tenían como resultado un menosprecio de los trabajadores, que se veían obligados a servir, por parte de los señores, que para diferenciarse tenían por desdoroso realizar tarea alguna remunerada.

Cuando la revolución industrial quitó rentabilidad a la esclavitud, el trabajo pasó a integrar, de pleno derecho, el mercado de bienes y servicios; pero lo hizo en condiciones tan desfavorables que aparecieron reacciones airadas de los más afectados. Si ahora somos todos hombres libres, como los señores de antaño - razonaban - ¿por qué hemos de seguir viviendo como antes lo hacían los siervos y los esclavos? Esta reacción alcanzó picos de hostilidad y acabó por encontrarse, en maridaje no siempre armónico, con otra reacción, más tímida, producida en el seno de los poderosos por una mezcla de compasión sincera y de justificado temor de los estallidos. Así se llegó, durante gran parte del siglo XX, a cierto fluido equilibrio entre la oferta y la demanda del trabajo, presidido por algunas ideas conciliatorias: el trabajo no es una mercancía porque el ser humano tiene una dignidad superior a la de las cosas muebles; todos tienen, al menos en principio, la obligación moral de trabajar; el trabajo es un modo que tienen los humanos para desarrollar su personalidad y volcar su capacidad hacia el prójimo y, por lo tanto, debe ser respetado por todos y - en especial - pagado con cierta generosidad por quien haga uso de él. Así, dice el artículo 4º de nuestra ley de contrato de trabajo: "El contrato de trabajo tiene como principal objeto la actividad productiva y creadora del hombre en sí. Sólo después ha de entenderse que media entre las partes una relación de intercambio y un fin económico en cuanto se disciplina por esta ley".

Por supuesto, tales ideas no pasaron nunca de ser una cobertura ideológica destinada a barnizar de humanismo una estructura económica y social contingente. La obligación moral de trabajar no es aplicada a los rentistas, aunque algunos de ellos organicen reuniones de té canasta con fines benéficos. Los objetivos de utilidad pública que se atribuían al trabajo son reemplazados en la práctica por la utilidad concreta del empleador, que bien puede ser una empresa industrial como un casino privado, una mesa de dinero o la fachada de una organización corrupta. Las personas son encasilladas socialmente - aunque sea desde un punto de vista informal - por el trabajo que hacen, pero no tanto en vista de la calidad de su tarea o de su contribución al bien común sino en función del nivel de remuneración que esa tarea supone. Nadie pregunta a los ricos y famosos si cumplen efectivamente una "actividad productiva y creadora". El modo de remunerar el trabajo depende de la oferta y la demanda, al menos en cuanto no sea menor que los alicaídos mínimos de los convenios colectivos y aun a pesar de ellos, cuando el mercado así lo dispone. Y la pretendida dignidad del hombre tiende a comprimirse, en este aspecto, por vía de tercerización, intermediación, precarización y flexibilización.

Dejando, pues, aparte la minucia de la cosa mueble, ¿por qué el trabajo no es una mercancía, si está sujeto de tal modo a la ley de oferta y demanda? Es más fácil comprender el conocido lema si se lo interpreta como una metáfora: el trabajo es una mercancía, al menos tanto como cualquier servicio, pero se postula la conveniencia de no tratarlo como tal hasta las últimas consecuencias. Así como en algunas épocas se fijaban "precios sostén" para la producción agrícola, a fin de garantizar a los productores contra la especulación de los intermediarios, se considera conveniente limitar la autonomía de la voluntad para evitar que la evidente diferencia de poder de negociación entre las partes deprima más de la cuenta la situación de quien sólo puede vender su trabajo personal.

El problema, pues, es qué haya de entenderse por "más de la cuenta". Esta pregunta está emparentada, por una parte, con la ética. Pero, por otro lado, las respuestas se consideran limitadas por un marco económico. Durante setenta años, aproximadamente desde el fin de la Primera Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín, el trabajo fue un insumo de gran incidencia en la producción y, a la vez, las condiciones políticas y sociales hacían necesario cuidarlo y, hasta cierto punto, negociar colectivamente con sus proveedores. La última década del siglo registró una reducción de aquella incidencia por razones tecnológicas, una mayor competencia de costos por vía de la globalización y la desaparición de utopías alternativas que fuera preciso mantener a raya. El resultado es que el trabajo, que siempre fue una suerte de mercancía, ha vuelto a ser tratado como tal. Y que, a la vez, quienes adoptan esa actitud se hallan sometidos a una brutal presión para ejercerla y profundizarla, tanto por razones de competencia como por la bendición ideológica que le provee el pensamiento único.

Una conclusión inevitable de lo dicho es que convendrá replantearse este principio, como otros: establecer cuáles son las líneas argumentales que en realidad estamos dispuestos a seguir para aprobar o desaprobar conductas, actitudes, intereses o políticas y, desde luego, qué estamos dispuestos a hacer para exteriorizar y perseguir nuestras preferencias. En el segmento particular que sirve de tema - o de pretexto - a este artículo, habrá que tomar en cuenta algunos hechos, actuales o previsibles, que suelen verse de reojo o esconderse tras un manto de hermosas palabras. Uno es que el empleo, institución que tradicionalmente ha servido para distribuir los bienes en relación directa con el aporte de cada uno a su producción (medido tal aporte en términos de mercado), ha dejado de ser un valor entendido para empezar a convertirse en un privilegio. Otro, que ese privilegio, cuando se lo tiene, se paga muy caro en términos de nivel de vida y de sometimiento personal. Un tercero, que la profundización de esa situación conduce a una sociedad drásticamente fundada en exclusiones permanentes. El cuarto, que una sociedad tal sólo puede mantenerse en pie gracias a una poderosa custodia armada y a una vigilancia constante entre sus miembros: "1984", de George Orwell, y "Un mundo feliz", de Aldous Huxley, pueden convertirse en elementos de una síntesis devastadora. O en el prólogo de un nuevo genocidio.

Siempre ha sido un propósito prudente clarificar el pensamiento y analizar los elementos con los que se razona. Cada tanto, los datos de la realidad se vuelven inquietantes, pero esa condición no siempre termina de advertirse hasta que aquella clarificación se abre paso. Tal vez sea ésta una de aquellas situaciones. Tal vez - ojalá - no lo sea. Yo tiendo a creer que lo es pero, afortunadamente, no puedo garantizarlo. En cualquier caso, pensar en el tema desechando frases hechas y coberturas retóricas puede ayudar a todos a elaborar su propio pensamiento, sin hacer daño a ninguno.

 

 
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