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Editorial
 
 

El Trabajo en el Futuro
por Jorge Rodríguez Mancini


Tenemos instalado un fenómeno social - pero que se padece a nivel de personas y de familias además de las repercusiones en el conjunto del sistema económico - que según predicciones más o menos generalizadas, está llamado a quedarse con nosotros: el desempleo. Al menos éste es el pronóstico de quienes encaran el futuro a la luz de las circunstancias actuales de la economía mundial dentro de la cual, obviamente se encuadra nuestra realidad. Aún las posturas optimistas acerca de una reactivación económica a nivel global, no aseguran que se vuelvan a presentar los niveles de empleo que caracterizaron las épocas de crecimiento. Según el "Informe 2001 sobre la desocupación mundial" de la Organización Internacional del Trabajo, el 33% de la fuerza laboral del mundo está desocupado o subocupado. De acuerdo con esto, será necesario que en la próxima década se creen, como mínimo, 500 millones de puestos de trabajo para dar cabida a quienes ingresen en el mercado de trabajo y ayudar a reducir a la mitad el desempleo global. El tema de la falta de trabajo ocupará y se manifestará en ese nuevo mundo en el cual la producción no estará ligada de manera directa a la acción personal de trabajadores que brindan su esfuerzo a cambio de la obtención de los recursos indispensables para su subsistencia y desarrollo como personas y de sus familias. Según el Director General de la OIT "la revolución en la informática y en las comunicaciones ofrece posibilidades genuinas, pero también eleva el riesgo de que una parte significativa del mundo, quede afuera".

Algunas de estas características que relativizan el rol del trabajo, se hallan ya presentes en el panorama de la economía aún en aquellos países que, antes de los sucesos recientes de ataques terroristas en los Estados Unidos, no presentaban señales de recesión y en los cuales, sin embargo, los índices de desempleo crecían más allá de los niveles tradicionales. (Francia (sin perjuicio de los impactos producidos por las medidas en materia de reducción de la jornada), Alemania, Italia).

Por eso y no obstante que en el caso de nuestro país el problema viene agravándose por un pertinaz estado de recesión de la economía que se presenta con características poco optimistas en función de los últimos acontecimientos de violencia internacional y su repercusión sobre la economía mundial, vale la pena un repaso de las formulaciones efectuadas en torno al porvenir del trabajo en tanto de ello se sigue, indudablemente, la seguridad económica de la inmensa mayoría de la población y en fin del propio concepto de persona humana.
No se trata simplemente de las mutaciones que se verifiquen en la relación productiva, sino de las consecuencias sociales, psicológicas - humanas finalmente - que tales cambios originen. Por eso quienes han dedicado sus meditaciones al tema nos plantean la búsqueda de una nueva organización económica y social.

Las fórmulas son variadas y responden, seguramente, a las diversas posturas filosóficas de sus autores. En este sentido resulta valioso un resumen que presenta Martín Hopenhayn en su libro "Repensar el trabajo" (Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001) después de haber efectuado un análisis histórico y filosófico del concepto del trabajo a través de las más diversas líneas de pensamiento desde la antigüedad hasta los tiempos actuales.

Se perfilan según el autor, claramente, tesituras pesimistas, fundadas en los efectos desvastadores del desempleo tecnológico y la brecha de productividad; y posiciones optimistas que enfatizan en la mayor flexibilidad de la vida laboral y la disponibilidad de tiempo libre creativo que abren la revolución de la informática y las telecomunicaciones. A la luz de estos pronósticos en uno y otro sentido, se postulan acciones de distinto orden para aprovechar los aspectos positivos de esos fenómenos. Alain Touraine se preocupa por las políticas que otorguen prioridad a los problemas del trabajo, sosteniendo la proclamación ya centenaria (León XIII, "Rerum Novarum") de que el trabajo no puede ser considerado meramente como una mercancía. Por su parte Rifkin apunta a la promoción en un sector de tipo más solidario casi apartado del mercado, constituido por la OGN, los servicios sociales de gobierno, las asociaciones de cooperación internacional, redes solidarias, etc. Para ello habría que obtener un fortalecimiento de los vínculos sociales, en un escenario en el que el mercado pierde la centralidad, concepción tachada por algunos de utópica en cuanto a su viabilidad. No debe dejarse de apuntar que en esta suerte de organización social en la que se impondría el concepto de ingreso sin empleo, aparecería el riesgo de lo se ha denominado la pérdida de la ciudadanía. Se destaca en este sentido que una sociedad de ciudadanos requiere reciprocidad en los aportes y los derechos individuales están estrechamente ligados a la contribución social que las personas hacen, centrada en el empleo productivo.

El resumen anunciado más arriba se plantea en términos de opciones:

  • masas excluidas versus flexibilización laboral con deterioros moderados en el bienestar de los trabajadores;
  • mayor desempleo versus mayor brecha salarial entre empleados altamente productivos y trabajadores de baja productividad; o
  • empleo de mercado versus trabajo social;o
  • más desempleo versus mayor segmentación entre mercados formales e informales;o
  • más desempleo con indemnización versus más empleo pero con reducción de jornadas laborales.
  • Y en términos de ordenamiento social
  • mayor competitividad de mercado para generar más empleo versus mayor peso de la solidaridad entre grupos para apoyar a los excluidos;
  • más apuesta por el trabajo a futuro versus un nuevo aprendizaje en el uso del tiempo libre;

perseverancia en la centralidad del trabajo versus comunitarismo postindustrial, esto es un escenario "distópico" postrabajo versus escenario "utópico" por mercado, concepto éste de Rifkin "quien propone retomar la centralidad del trabajo en un escenario en que el mercado deja de regular el trabajo, evitando la distopía de la exclusión y promoviendo la utopía del trabajo comunitario". (Hopenhayn)

Como se observa se trata de alternativas cuya elección no sólo requiere convicción ideológica sino, sustancialmente, decisiones sociales compartidas para lo cual es indispensable cohesión ciudadana y coraje político. Pero por debajo de cualquier decisión se deberá descubrir el reconocimiento de lo esencial del trabajo humano, ligado obviamente a la dignidad de quien lo produce. Y dicho esto con la plena aceptación de que dicha calidad no deriva del tipo de trabajo que se trate sino de la circunstancia de que quien lo ejecuta es una persona. De allí las advertencias acerca de las posibles instrumentaciones del hombre y de su trabajo, como medio de explotación del trabajo y del trabajador.

En esta valoración básica del concepto de trabajo se descubre un principio fundamental a tener en cuenta a la hora de dar respuesta a aquellas opciones que plantea el autor citado. "El problema del trabajo tiene un vínculo directo con el sentido de la vida humana". "Y debe ser restablecido en el interior del hombre, es decir en lo más profundo de su humanidad, en aquello que le es propio, en lo que hace sea hombre y sujeto auténtico del trabajo". Por eso el trabajo no es una opción facultativa, que se puede o no llevar a cabo. El trabajo es un rasgo esencial del hombre, un primer paso hacia la cultura. Y esto que es un elemento reconocido desde Marx a Juan Pablo II, pasando por Hegel, nos indica su participación continua en la vida, como una necesidad a la que según los tiempos deberá buscarse ubicación adecuada. Es una acción humana, un ir y venir del hombre hacia las cosas y de éstas al hombre que de tal manera cultiva y se cultiva. Pero como lo advierte Calvez ("Necesidad del trabajo", Losada, trad. esp. Buenos Aires, 1999), este reconocimiento y esta ubicación del trabajo, no significa olvidar los riesgos de su cosificación, la alienación o mejor dicho de las alienaciones en sus distintos géneros. Y esto sólo puede alcanzarse con la afirmación, la defensa del concepto central que hemos destacado acerca de la dignidad del trabajo por la dignidad del hombre que lo produce.

Desde este punto de vista las opciones de futuro sobre el trabajo, deberían partir del reconocimiento de esa calidad de necesario que hemos apuntado, sin perjuicio de señalar que no siempre ese trabajo será trabajo asalariado o retribuido de cualquier otro modo. Con las palabras del filósofo francés "creo que es posible advertir una cierta modulación del vínculo entre trabajo e ingreso para la subsistencia, en el sentido de que éste sea asegurado por mecanismos de solidaridad independientes o parcialmente independientes del trabajo, siempre y cuando el trabajo siga siendo necesario por otras razones, para el mantenimiento de la salud por ejemplo, o para la persona, o para la personalización, para un desarrollo cultural, vistos como necesarios. O aun para el cumplimiento de la misma obligación "social" fundamental: ayudar a sus hermanos." Y esto no debe confundirse con la idea de "asignación universal" sin mezcla de obligación de trabajar, porque el ingrediente retributivo del trabajo forma parte sustancial de éste ya que "no habrá una indispensable lucha contra la necesidad si ésta no es efectivamente vivida por la gran mayoría". Es esta una antigua reflexión de Perroux ("Economía y sociedad", trad.esp. Ariel, Barcelona, 1962) acerca de la combinación de la "coacción" y el "don" como fuerzas sociales. La primera ínsita en el mercado, la segunda propia de la solidaridad que pertenece al espíritu del hombre.

El Director.

 

 
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